dilluns, de juliol 18, 2016

¿Podemos ha ampliado su espacio electoral desde 2014?

Artículo publicado en Agenda Pública el 1 de julio de 2016

Podemos irrumpió en la arena electoral en las elecciones europeas de 2014 con 1.245.000 votos, un 7.97% de los sufragios. Su aparición propició un terremoto político, pero en esas mismas elecciones, Izquierda Unida -con Iniciativa per Catalunya Verds- obtuvo 1.562.000, prácticamente un 10% de los sufragios y la candidatura “Primavera Europea”, que reunía a Compromís y Equo, consiguió el 1.91%. En total, entre las tres candidaturas llegaron al 19.87% de los votos. En las elecciones del 26 de junio, las candidaturas respaldadas por esos mismos partidos obtuvieron el 21.1% de los votos. Es decir, no parece que su espacio electoral se haya ampliado sustancialmente.
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Si comparamos el porcentaje sobre electores evidentemente sí que ha crecido, puesto que en las elecciones europeas se registró una participación del 45.8% frente al 69.8% de las últimas elecciones, sin contar aún el voto exterior. Sin embargo, se aprecia no sólo un claro descenso respecto a las elecciones generales del 20D sino incluso en relación a las elecciones autonómicas de la primavera de 2015, incluyendo las elecciones andaluzas pero sin considerar las catalanas de septiembre, que distorsionarían la media a la baja. Es decir, Podemos y sus confluencias han obtenido un menor porcentaje de votos en las elecciones generales de 2016 que en las autonómicas de la primavera de 2015.
Es cierto que tras las elecciones europeas de 2014 Podemos supo capitalizar ese espacio electoral en todas las encuestas que se realizaron en los meses posteriores. Sin embargo, en las elecciones autonómicas de mayo de 2015 pudimos comprobar cómo Podemos no era capaz de aglutinar todo ese voto, sino que el espacio seguía fragmentado entre Podemos, una disminuida Izquierda Unida,  y Compromís, que obtuvo unos excelentes resultados en la Comunitat Valenciana.
Las elecciones autonómicas de mayo, sumadas a la andaluzas de marzo, arrojaron un equilibrio de fuerzas en las que Podemos conseguía un 14.1% de los votos, IU un 4.7% y las candidaturas de izquierdas de Compromís y MÉS un 3.2%. En total, un 22% de los votos y un 14.81% de los electores.
Si analizamos los resultados en las principales Comunidades Autónomas y en aquellas donde el voto de este espacio fue más importante en 2014 vemos pautas muy interesantes. Allí donde hay fuerzas políticas de izquierdas de carácter autonómico, o IU es muy fuerte -como en Asturias- el espacio electoral a la izquierda del PSOE llega prácticamente al 30%.
Este empuje se mantuvo en las elecciones generales de 2015, donde en la mayoría de comunidades autónomas se mantuvo o incluso se incrementó el porcentaje de voto de este espacio electoral en relación a las autonómicas de mayo.
Sin embargo, en las elecciones generales del 26 de junio este espacio reduce su porcentaje de voto a niveles inferiores a las europeas de 2014 en prácticamente todas las Comunidades. Sólo hay dos excepciones significativas, Catalunya y el País Vasco,  donde este espacio, que cosechó unos resultados discretos en las Europeas de 2014 (14-15%), se dispara hasta el 24.5% en Catalunya y el 29% en el País Vasco, situándose como las dos comunidades con un apoyo más alto, junto a la Comunitat Valenciana. En Galicia también obtienen mejores resultados que en 2014, aunque el crecimiento es mucho menor.
En cualquier caso, se acercan comicios autonómicos en Galicia y el País Vasco, en los que Podemos y sus aliados deberán demostrar si consiguen mantener unos apoyos superiores al 25% de los votantes después de ver cómo el PSOE les ha superado en Galicia y a la espera del comportamiento del electorado vasco, que ha apostado por Podemos en clave estatal pero puede diversificar sus apoyos en octubre en beneficio de la izquierda abertzale.
Tabla. Resultados electorales en % de Podemos, IU, ICV, Compromís, Equo, ANOVA y MÉS
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¿Qué conclusiones cabe extraer de estos datos?
Podemos ha sido muy hábil en capitalizar la voluntad de cambio expresada en las urnas en mayo de 2014 y mayo de 2015 a pesar de que los actores que consiguieron movilizar el voto fueron muy diversos. Pero cuando ha querido monopolizar todo el espacio electoral en una sola candidatura para maximizar los resultados en escaños, el espacio se ha reducido hasta niveles inferiores a los conseguidos en 2014 en términos de porcentaje de voto.
Pero hay otra lectura más interesante y que nos permitiría entender quizás por qué las encuestas no han acertado los resultados. La aceleración del tiempo en estos dos años nos ha dejado la impresión, probablemente errónea, de que todo seguía cambiando. Pero los datos nos muestran que la fotografía electoral que nos dejó las europeas de 2014 se ha movido muy poco. En 2014 se produjo un gran cambio que Podemos supo capitalizar, pero poco ha cambiado desde entonces. La “fuerzas del cambio” han aumentado sus votos en la misma medida que aumentaba la participación en los comicios autonómicos y generales, pero no más.
En 2014 las candidaturas a la izquierda del PSOE obtuvieron el 19.68% de los votos y en junio de 2016 se quedaron en el 21.1%. El PSOE obtuvo entonces el 23% de los sufragios, y en las últimas elecciones generales llegó al 22.7%.
Por el contrario, la suma de Ciudadanos y UPyD obtuvo el 9.66% de los votos en 2014 y ahora han superado ligeramente el 13%, mientras que el PP -que se quedó entonces en el 26% de los votos debido en parte a que VOX obtuvo el 1.7%- ha conseguido el 33% de los sufragios el 26J.
El mapa electoral español quizás no ha cambiado tanto como creíamos y se mantiene estable desde mayo de 2014, cuando se produjo el verdadero cambio en el sistema político español, que provocó -no lo olvidemos- la dimisión del secretario general del PSOE e hizo abdicar al jefe del Estado. Desde entonces vivimos en un nuevo equilibrio, complejo pero bastante estable.

Brexit: una oportunidad para la democracia europea

Artículo publicado en Agenda Pública el 2 de julio de 2016.

El Brexit es una metáfora de nuestro tiempo. Vivimos un tiempo de grandes transformaciones: lo viejo no termina de morir -y más en sociedades envejecidas como las nuestras- y lo nuevo no acaba de nacer. Se ha perdido la esperanza  y cunde la desesperación. Falta confianza y se extiende el miedo. Hay enormes cantidades de información pero mucha incredulidad. Nadie cree en los expertos antes de tomar una decisión pero todo el mundo recurre a ellos cuando ya no hay solución. 
El Reino Unido puede hundirse en un pozo del que nadie sabe cómo salir después de hacer caso omiso a los expertos, considerando que estaban al servicio de las élites y del gobierno. Y muchos expertos seguirán sin entender por qué la clase obrera inglesa votó por el Brexit y culparan de lo ocurrido a la irresponsabilidad de los políticos, desde David Cameron a Boris Johnson. Pocos fijarán la responsabilidad en los medios de comunicación, que han alentado la eurofobia durante más de 20 años, y en el propio pueblo inglés, que no ha querido escuchar las advertencias y que hoy es más pobre que ayer debido a la devaluación de la libra esterlina. A menudo las elites no saben escuchar al pueblo,  pero ¿qué ocurre cuando es el pueblo el que no escucha? ¿Qué ocurre cuando el pueblo no se cree lo que dicen los expertos y les acusan de exagerar para generar miedo? ¿Quién se responsabiliza entonces de la decisión? ¿Se responsabilizarán los medios de comunicación británicos? ¿Alguien hará un acto de contrición? El viernes 24 Nigel Farage admitió que el eslogan de los 350 millones de libras semanales que se iban a Bruselas para no volver fue un “error” de la campaña para no admitir que fue una gran mentira. Un último acto de cinismo.
El resultado del referéndum es un desastre para el Reino Unido y es un peligro cierto para toda Europa, pero puede crear una ventana de oportunidad para la Eurozona, aunque para ello será necesario avanzar en la democratización del sistema político europeo. El Brexit ahondará las diferencias entre los que estamos en la zona Euro y los que no. Entre los que queremos -y necesitamos- avanzar en la integración económica y política, y los que no quieren -y creen no necesitarlo.
El proyecto europeo, si quiere sobrevivir, deberá avanzar a pesar de que algunos de sus actuales miembros decidan quedarse fuera. Europa no puede hacerse responsable de las decisiones de cada uno de sus pueblos por separado ni de los errores de cada uno de los gobiernos nacionales. Hacerlo sería asumir que debemos luchar por la Unión como lo hizo el Presidente Abraham Lincoln ante el desafío de los Estados confederados en la guerra de secesión americana. Y no parece que nadie esté dispuesto a ello. La Europa de hoy es muy distinta a los Estados Unidos del siglo XIX. No habrá guerra de secesión, pero los federales deberán dar un paso al frente, dejando la puerta abierta al resto pero sin querer forzar la integración de quien no la quiere. Esta parece que será la nueva posición alemana, según se desprende de las declaraciones de sus dirigentes y de los editoriales de su prensa de referencia.
En este nuevo contexto, es  evidente que no sólo el Reino Unido no formará parte del nuevo proyecto sino que los países del Grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y probablemente Eslovaquia) no van a participar de una mayor integración, puesto que tienen gobiernos -y mayorías sociales- claramente euroescépticos. Tampoco lo harán los escandinavos, y es posible que a medio plazo el estatus de Suecia y Dinamarca se asemeje al estatus que mantiene Noruega en relación a la UE. Sólo los bálticos liderados por Finlandia seguirán dentro -principalmente por el miedo a su vecino ruso- y se convertirán en la frontera septentrional de una nueva Europa formada por los 4 grandes países de la Eurozona -Alemania, Francia, Italia y España- y sus vecinos -Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Portugal, Austria y Eslovenia.
Habrá tensiones, evidentemente, en este núcleo impulsor. El sentimiento euroescéptico es fuerte en Francia y Holanda y se está extendiendo en Alemania y Austria, así como en Italia. En España el euroescepticismo viene acompañado de proclamas europeístas, como  hace Pablo Iglesias, cuando plantea un “soberanismo europeísta” que devuelva “soberanía” a los Estados. Se necesitarán liderazgos fuertes que sepan convencer a los ciudadanos de que una mayor integración es la mejor opción. No la única, sino la mejor. Hay otras alternativas, como demuestra el Brexit, pero son peores. Quizás la UE, como la democracia, es el peor de los sistemas si exceptuamos el resto.
Para avanzar hacia esa nueva Europa debemos plantear abiertamente a los ciudadanos el trilema de la globalización que planteó el economista Dani Rodrik hace casi un decenio. Rodrik afirma que en un contexto de mercados abiertos y globalización económica es imposible mantener un sistema de gobierno democrático en el marco de un Estado-nación soberano. Por consiguiente, si se quiere mantener la integración en los mercados globales, hay que renunciar a la soberanía nacional. En caso contrario, se tendrá que renunciar a la integración en los mercados globales para mantener un sistema democrático a nivel nacional, con los enormes costes económicos que esto puede conllevar.
trilemma
Este trilema tiene una traslación directa en el ámbito europeo. En el marco de la integración de mercados de la Unión Europa, y aún más en la Unión Económica y Monetaria,  es imposible mantener sistemas democráticos en el ámbito nacional que sean realmente soberanos, como puso de manifiesto el referéndum griego de julio de 2015. La soberanía nacional ha dejado de existir en Europa. Ante esto se han rebelado los británicos, que han apostado por intentar preservar la soberanía nacional y la preeminencia democrática del Parlamento de Westminster. Ahora deberán asumir las consecuencias económicas de dicha decisión.
¿Cómo podemos resolver los europeos este trilema? Construyendo un nuevo sistema de soberanía compartida y una democracia europea de carácter posnacional. El Brexit, con su campaña profundamente xenófoba, nos muestra que la única alternativa a la democracia europea es el repliegue nacional y la tentación nacional-populista. Habrá muchas resistencias, tenemos por delante un camino difícil,  un camino desconocido, que nadie ha transitado, pero no tenemos una alternativa mejor. La democracia en Europa será europea o no será.