divendres, de juliol 25, 2014

El error de votar contra Juncker: ¿hay que ser izquierdista antes que europeísta?

Artículo publicado el 23 de julio de 2014 en Agenda Pública.

Pedro Sánchez ganó la secretaría general del PSOE con un discurso orientado a que el Partido Socialista vuelva a ser una "opción mayoritaria y de gobierno", marcando distancias en relación a Izquierda Unida y, sobretodo, a Podemos. En su primer discurso tras la elección afirmó que "sólo el PSOE  puede gobernar una España con un proyecto que no caiga en el populismo ni en la demagogia". Pero su primera decisión como secretario general ha sido votar en el Parlamento Europeo lo mismo que los partidos a la izquierda del PSOE (IU, Podemos, ERC, Compromís y Bildu) alejándose del voto mayoritario de la socialdemocracia europea.
Ante esta aparente contradicción, cabe preguntarse: ¿Por qué esta concesión 'a la galería' de un dirigente político que quiere encarnar un PSOE "con vocación de gobierno"? ¿Por coherencia con lo defendido durante la campaña? ¿Por considerar que es lo que quieren las bases del partido?
En este último caso, ¿por qué se aceptó, sin más debate ni discusión, durante la campaña para la elección del secretario general que 'lo coherente' era votar en contra de Juncker? ¿Por qué nadie estuvo dispuesto a explicar a los militantes que el PSOE votaría a Juncker a cambio de que los populares votaran a Schulz como Presidente del Parlamento y apoyen a un socialdemócrata como vice-presidente económico de la Comisión?
La política consiste en representar a tus electores pero también en hacer pedagogía. Sin un debate informado sólo se pueden tomar decisiones parciales, como ha hecho el PSOE en esta ocasión. El PSOE no está sólo en Europa. Pertenece a una gran familia política, la familia de los socialistas, social-demócratas y laboristas. Es cierto que no ha habido unidad en esta votación y no sólo el PSOE no ha respetado el acuerdo entre Juncker y Schulz, pero en este momento de gran dificultad, el PSOE necesita más que nadie estar al lado de la mayoría en el Parlamento Europeo, junto al centro-izquierda alemán e italiano.
Gráfico 1. Voto del grupo parlamentario de los Socialistas y Demócratas (S&D)
Fuente: Elaboración propia
Fuente: Elaboración propia
Renzi será el gran referente del centro-izquierda durante los próximos años y ha conseguido situar a uno de los suyos, Gianni Pittella, como jefe del grupo de los socialistas y demócratas en el Parlamento Europeo. El PSOE debería hacer todo lo posible para tejer una alianza con el centro-izquierda italiano, puesto que el futuro de España se juega en Europa.
La política de hoy o es europea o no puede ser política en mayúsculas, porque no puede ser transformadora. A nivel nacional ya no es posible hacer las políticas de estímulo e inversión que la economía española necesita, como las anunciadas por Juncker. Hoy no nos sirve un discurso izquierdista a nivel nacional si no somos capaces de articular una alternativa europeísta real. Parafraseando a Felipe González, 35 años después del XXVIII Congreso, hoy "hay que ser socialista (europeo) antes que izquierdista (español)".
¿Esto significa que el PSOE no debe criticar las políticas llevadas a cabo hasta ahora por la Comisión Europea y por la Unión en su conjunto? En absoluto. Debe criticarlas en el Parlamento Europeo, pero también en el Congreso de los Diputados, donde habría que utilizar mejor los mecanismos de control que ofrecen los tratados europeos. El Tratado de Lisboa, en vigor desde 2009, abrió la puerta a un mayor control de los parlamentos nacionales sobre las políticas europeas, y el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza de la Unión Económica y Monetaria -la mayor transferencia en política económica y fiscal que ha hecho España, en vigor desde enero de 2013- también prevé este control parlamentario nacional.
Sin embargo, uno de los países que menos controla y discute la política económica europea y su aplicación nacional a través del Semestre Europeo -el mecanismo de control presupuestario y fiscal por parte de la Comisión- es España. Según un informe reciente del Observatorio de los Parlamentos tras el Tratado de Lisboa (OPAL) los países más afectados por la crisis son, a su vez, los que cuentan con Parlamentos más débiles y que han controlado menos las decisiones económicas tomadas a nivel europeo -en el Consejo Europeo, el Eurogrupo o la Comisión. En cambio, los países con triple A han sido los que más han controlado las decisiones económicas europeas desde sus parlamentos nacionales. Y los que más han influido en ellas.
Una vez más, como apuntábamos en un artículo anterior, se pone en evidencia que en Europa hay países que se toman en serio la política europea -también su control democrático a través de sus parlamentos- y otros que no. Desgraciadamente España se encuentra entre los segundos. En consecuencia, la nueva legislatura ha empezado dominada por Alemania: sus candidatos se han hecho con la presidencia de la Comisión y del Parlamento, así como con la presidencia del grupo popular europeo. Los italianos han conseguido la presidencia del grupo socialista. Los franceses y los españoles ni están ni se les espera.
Por consiguiente, la nueva dirección del PSOE debe ser consciente que está obligada a una doble tarea: reforzar el control parlamentario de la aplicación de la política económica europea desde Madrid e influir -a través del grupo socialista en el Parlamento Europeo- en las decisiones de la nueva Comisión -incluyendo el nombramiento del nuevo comisario español, que deberá ser aceptado por el Parlamento. Mucho me temo que tras la decisión de esta semana de votar contra Juncker, las posibilidades de bloquear la candidatura de Arias Cañete con el apoyo del grupo socialista europeo se han reducido notablemente. Eso lo saben perfectamente los eurodiputados socialistas, y sería tarea del nuevo secretario general explicarlo en las agrupaciones del partido.

divendres, de juliol 04, 2014

La elección de Juncker, ¿un triunfo de la democracia europea?

Artículo publicado el 2 de julio de 2014 en Agenda Pública

Las elecciones europeas de Mayo las ganó el Partido Popular Europeo, con 221 escaños y más de 40 millones de sufragios. El pasado 27 de junio, su candidato, Jean-Claude Juncker, recibió el apoyo de 26 de los 28 Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión para ser elegido Presidente de la Comisión. En unas semanas deberá ser el Parlamento quien vote su elección.
Juncker ha sido elegido por los líderes nacionales, pero por primera vez su elección ha sido condicionada por los partidos políticos europeos, que decidieron en 2013 presentar candidatos comunes a la presidencia de la Comisión.
El Tratado de la Unión Europea, tras su última reforma firmada en Lisboa, establece que el Presidente de la Comisión deberá ser elegido por el Consejo Europeo "teniendo en cuenta los resultados de las elecciones europeas" y deberá recibir el apoyo de una mayoría de diputados del Parlamento Europeo. Para ello, el Tratado deja claro que deberá producirse un período de consultas entre ambas instituciones para acordar el candidato. Pero en ningún artículo establece que antes de las elecciones los partidos políticos europeos presentarán candidatos a la presidencia de la Comisión que ejerzan de "cabezas de lista" -Spitzenkandidaten, en alemán.
Ahí radica la gran novedad de la elección de Juncker. Y por ello no sólo el PPE ha apoyado su elección sino también el Partido de los Socialistas Europeos (PSE) y la Alianza de los Liberales (ALDE). Incluso los Verdes, que no lo apoyarán, han recibido positivamente su elección, al considerar que representa "un triunfo de la democracia europea".
¿Por qué los 4 principales partidos políticos europeos consideran un triunfo la elección de Juncker? Porque hace más de un año todos apostaron por "politizar" la elección del Presidente de la Comisión, convirtiendo las elecciones europeas en unas auténticas "elecciones parlamentarias" de una "democracia representativa normal", en las que los distintos partidos presentan a sus candidatos a la presidencia del gobierno y todos aceptan que el ganador sea el elegido.
Esta "politización" de las elecciones, que pretende "democratizar" las instituciones comunitarias, ha condicionado la elección del Presidente de la Comisión por parte del Consejo Europeo, más allá de la letra de los Tratados. Por ello, se podría decir que la elección de Juncker es un triunfo de los partidos políticos europeos.
Juncker fue elegido por los líderes nacionales porque antes fue elegido candidato del Partido Popular Europeo, a pesar de las reticencias de Angela Merkel -y de la mayoría de los 13 jefes de Estado y de Gobierno de la familia popular europea- a nombrar un candidato antes de las elecciones. El PPE fue el último partido en elegir a su candidato, el 7 de marzo en Dublín, y sólo lo hizo forzado por la elección de candidatos por parte de socialistas, liberales, verdes  y la izquierda europea. Merkel sólo cedió a nombrar un candidato del PPE tras la elección de Martin Schulz por parte de los socialistas.
Merkel se vio arrastrada por la dinámica generada por los partidos políticos europeos, incluido el suyo, y tuvo que renunciar a su candidata preferida para ocupar la presidencia de la Comisión, la directora-gerente del FMI Christine Lagarde. Juncker fue su second best, e incluso lo tuvo que defender en el seno del PPE, cuando surgió un candidato alternativo, el comisario Michel Barnier, que a punto estuvo de poner en jaque la candidatura de Juncker.
Pero una vez elegido, Merkel jugó a fondo la carta de los Spitzenkandidaten. Alemania fue el país donde los debates entre los dos principales candidatos tuvieron mayor eco -Juncker y Schulz protagonizaron dos debates en alemán y  enprime time -  y donde la prensa realizó una cobertura mediática más amplia de sus campañas electorales, como podemos ver en el siguiente gráfico.
Juncker Premsa

En Alemania la campaña fue más europea que en cualquier otro país de la Unión, y quizás por ello también aumentó notablemente la participación. Los electores alemanes  tuvieron claro que en sus manos estaba la elección del próximo Presidente de la Comisión, gracias a la cobertura de sus medios, y por ello cuando tras las elecciones David Cameron -con el apoyo de los primeros ministros sueco y holandés- quiso poner en duda la legitimidad de Juncker, Merkel no pudo ceder. Se había comprometido con sus electores -y ante la prensa alemana- a que el ganador de la contienda sería el elegido. Y así ha sido.
Por consiguiente, la elección de Juncker se puede considerar una victoria de la política frente a la tecnocracia, de los partidos políticos europeos frente a los líderes nacionales, y de la opinión pública alemana frente al resto de opiniones públicas nacionales.  Las elecciones europeas de 2014, con dos candidatos alemanes y otros dos que hablan perfectamente alemán, nos ofrecen un nuevo interrogante: ¿la democracia europea será una democracia alemana?  
La democratización de la UE implica que las opiniones públicas nacionales se impliquen en los debates políticos europeos. Y estas  elecciones han puesto en evidencia -una vez más- que Alemania lidera porque quizás es el único gran país que se toma en serio la construcción europea. En 2019, en lugar de lamentarnos, quizás deberíamos proponer candidatos franceses, españoles e italianos, y tomarnos más en serio las elecciones europeas. Sólo así conseguiremos ser más influyentes y condicionar la política europea.